viernes, 19 de noviembre de 2010

Violencia y no violencia en Cuba


Las estrategias utilizadas por la oposición contra el régimen cubano han sufrido una severa metamorfosis durante estas cinco largas décadas; no obstante, a pesar de los cambios, los rumbos originales del accionar político se mantienen.

Los descontentos con el derrotero que tomaba la Revolución, que en su mayoría provenían de esas mismas filas, intentaron por medios políticos no violentos impedir el establecimiento de una nueva dictadura.

La protesta del presidente Manuel Urrutia Lleo, las denuncias del comandante Pedro Luis Díaz Lanz y la carta denuncia del comandante Húber Matos son hitos entre los muchos esfuerzos no violentos y cívicos por impedir el control totalitario, que concluyeron públicamente ese año con el rechazo de los dirigentes de la CTC a la titulada candidatura unitaria que otorgaba una representación inmerecida a la minoría marxista.

Los centros universitarios fueron escenarios de protestas pacíficas contra el comunismo. Pedro Luis Boitel intentó mantener la independencia de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU); otro tanto hizo en Las Villas Porfirio Ramírez, hasta que no tuvo otra alternativa que partir a las montañas para más tarde ser fusilado. Los estudiantes que protestaron pacíficamente en el Parque Central, dirigidos por Alberto Muller y Manuel Salvat, lo hicieron contra el comunismo y no contra la Revolución.

Las credenciales cívicas, entre otros, de José Ignacio Rasco, Antonio José Varona, Roberto Agramonte, Luis Conte Agüero y José Miró Cardona, los primeros dirigentes de la oposición en 1959, son indiscutibles, y si en un momento decidieron asumir otro método de lucha fue consecuencia de que el espacio para el tipo de confrontación que preferían, la electoral, había sido eliminado.

La Iglesia Católica cubana emitió numerosas pastorales que criticaban el rumbo del gobierno. Monseñor Eduardo Boza Masvidal fue particularmente firme en la defensa de la libertad religiosa. La respuesta gubernamental fue la deportación de más de 100 sacerdotes y la persecución abierta o encubierta de los fieles.

El régimen, según transcurría el tiempo, estableció un control sobre toda la sociedad que impidió cualquier acción política y social independiente. La violencia ejercida por el Estado impulsó a la oposición a la violencia. La sociedad se asfixiaba y como supremo derecho, señalado en el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ``Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión''.

Un aspecto marginal, pero a tener en cuenta, era que entre las tradiciones cubanas más lamentables estaba la lucha armada. La primera reacción de la oposición, incluyendo la de los partidos políticos al golpe militar del general Fulgencio Batista, fueron los atentados personales, sabotajes y la lucha guerrillera y terrorista que dirigió Fidel Castro. Un epítome de esa tradición.

La lucha fue dura y cruenta. Murieron cubanos de ambas vertientes ideológicas. Montañas y llanos conocieron, como nunca antes en nuestra historia republicana, la confrontación armada. La lucha en la clandestinidad fue dolorosa. El paredón, los atentados personales, muertos en combate, desaparecidos, la cárcel y el exilio.

El régimen logró imponer su voluntad a sangre y fuego. El país se dividió. El ciudadano se convenció de que el nuevo orden era inmutable. La percepción de un estado omnipotente y omnipresente impregnó la conciencia individual y colectiva. El fatalismo de que todo estaba preescrito y diseñado caló muchas mentes.

La intensidad de la confrontación disminuyó y aunque la pax castrista extendió su sombra por todo el país, nunca pudo extirpar de raíz la voluntad de cambio de un grupo de irredentos, que dentro o fuera de la isla, continuó luchando de diferentes formas, aunque siempre primó la violenta, particularmente desde el exterior.

partir de finales de la década de los 70 en Cuba surgió y se fortaleció con los años un activismo que en principio se identificó con el respeto a los derechos humanos pero que ha evolucionado hasta reclamar reivindicaciones políticas que se fueron radicalizando en el marco de la no violencia.

Por otra parte en el exterior, aunque hay organizaciones que favorecen la confrontación armada, siempre han operado otras agrupaciones que rechazan la violencia y creen en otras vías para resolver el drama nacional.

Por todo lo antes expuesto se puede afirmar que la oposición al castrismo es plural ideológica y políticamente, diversa en sus orígenes, diferentes las estrategias y distinta la historia personal de cada uno de sus actores que aunque genera muchas contradicciones coinciden en el más importante objetivo: derrocar el totalitarismo.





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