viernes, 19 de noviembre de 2010

¡LUMINOSA AMANECE LA MAÑANA! ©

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por Esteban Fernández


No existe ningún año en nuestra nación más importante que 1959. Mi vida- y la de mis compatriotas en general- dio un vuelco descomunal. Con emoción vi la entrada de Fidel Castro a La Habana. Mi único aporte a la revolución triunfante fue sonreírme cuando dijo “¿Voy bien, Camilo?” durante su discurso inicial... Me pasé cientos de horas observando los acontecimientos a través de nuestro televisor Zenith de 17 pulgadas...



En febrero me disparé completo el juicio contra el Coronel Jesús Sosa Blanco. Lentamente pasé de detestar al viejo soldado a admirar su valentía durante todo aquel Circo Romano y al enfrentar, sin el menor temor, el paredón de fusilamiento. Erróneamente creían que estaban juzgando al Teniente Coronel Merob Sosa.



Inicialmente cometí el peor de los “pecados” siendo un niño al decir inocente y públicamente que “Aquí hay cosas que no me gustan”. ¡Y me cayó carcoma! Fui tratado por los fidelistas locales como un apestado, un paria, mucho peor que lo que se trata a los delincuentes en los países libres. Y desde ese instante mi respuesta fue convertirme en un anticastrista firme, militante y eterno.



Acto seguido de haber sido exonerados los pilotos del régimen derrocado Fidel Castro se presentó ante las Cámaras de C.M.Q. y pidió otro juicio que condenara violentamente a los arrestados. Y así fue. Al Comandante Félix Pena que presidía el primer juicio lo “suicidaron”. Los pilotos fueron, el dos de marzo, sancionados severamente. En resumen, ante mis ojos ese día nació un dictador.



En el país que presumía que iba a crear el mejor sistema educacional del mundo fui expulsado del Instituto de Segunda Enseñanza. A los que se creen que las Brigadas de Respuesta Rápida son algo novedoso en nuestra nación les digo -con miles de testigos güineros que se enteraron- que fui golpeado violentamente y herido a mi salida del centro de estudios por la turba dirigida por los esbirros Candín, Tatica, Camión y Escaparate.



Con verdadero dolor presencié como los coterráneos a mí alrededor, que habían trabajado arduamente para levantar sus negocios, fueron desposeídos de sus propiedades. Los castristas gritaban con alegría: “¡Les partieron la siquitrilla!”... Todo aquel que discrepara era acusado de “traidor” y contrarrevolucionario.



Por cualquier cosa -hasta por ser religioso- se condenaba a cubanos a 20 y 30 años de prisión. Todavía hoy recuerdo y siento un rencor tremendo contra los que gritaban “¡Paredón!” y los que paraban los camiones de cortadores de caña voluntarios frente a nuestra casa para gritarme obscenidades y "gusano". Se acabó a rajatabla la libertad de expresión.



Horrorizado descubrí que mi país estaba lleno de envidiosos, de resentidos, de delatores y lo que es peor: de asesinos y de H.P.



Increíblemente, un año que comenzó con Jesús Orta Ruiz -el Indio Naborí- lanzando el poema: "¡Primero de Enero luminosa amanece la mañana!" terminó siendo el año más terrible en toda la historia de mi país con un saldo de 485 fusilados. ¡Y pensar que ese régimen de criminales ha durado ya 52 años con el beneplácito de todo el mundo… con sus raras excepciones!

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