martes, 26 de octubre de 2010

La Tremenda Corte




Por Rev. Martin N. Añorga

Recuerdo la tarde en que en el radio de mi automóvil sintonicé La Tremenda Corte, teniendo a mi lado a mi padre recién llegado de Cuba. Ya cerca de los noventa años se le iluminó el rostro y me regaló una de esas sonrisas que no se olvidan. Desde aquella ocasión nuestra cita de la 1:30 PM nunca se canceló.

Yo tuve oportunidad de conocer a Leopoldo Fernández, probablemente al igual que millares de otros compatriotas, por medio de reiterados encuentros personales en una que otra emisora de radio. En cierta ocasión le hable de la devoción que por él sentía mi padre, y le pregunté si estaría dispuesto a aceptar una invitación para que almorzáramos los tres, en el sitio y hora que él escogiera. Con inesperada rapidez me aceptó la invitación y un par de días después nos sentábamos alrededor de una mesa en un modestísimo restaurante de la calle ocho, cerca de la cuarta avenida.

No le dije a mi padre con quién nos encontraríamos. Cuando “el viejo”, así llamamos los cubanos a nuestros padres, se encontró frente a Trespatines, y éste le dio un abrazo como si se tratara de un amigo de toda la vida, se me estremeció el corazón. Al “viejo” se le iluminó el rostro y hasta de los ojos le salían chispas. No supe cómo darle las gracias a Leopoldo Fernández por esa hora feliz que le regaló a mi padre. Siempre he guardado un especial recuerdo del gran artista cubano, genial y sencillo; picaresco y simpático; pero fundamentalmente un hombre con el corazón lleno de nobleza.

Mi papá nunca se cansó de contar, con no disimulado orgullo, su encuentro con Trespatines. Pocos años después murió, dejando decenas de casetes de La Tremenda Corte que había grabado. El escuchaba el programa diariamente a la 1:30 p.m por las ondas cordiales de Radio Mambí, y por la tarde, después de su frugal cena, volvía a disfrutarlo. Se sabía de memoria los libretos, pero reía las ocurrencias de su “amigo” como si estuviera oyéndolas por primera vez.

Yo pudiera formar un club de oyentes de La Tremenda Corte, pues sé de muchos amigos que hemos convertido en un sagrado hábito el gusto de reunirnos, aunque separados, después del almuerzo para gozarnos con las travesuras de Trespatines y sus socios, el Tremendo Juez, Nananina y Rudesindo Caldeiro. De ese club forma parte -y espero que no se trate de un indiscreción mencionarlo- mi entrañable amigo, el Obispo Agustín A, Román. Ya no está entre nosotros, pero no puedo olvidarlo, mi hermano Rolando Espinosa, otro oyente de La Tremenda Corte con quien compartíamos con espíritu juvenil los chistes que ya habíamos oído decenas de veces.

La Tremenda Corte, más que un programa cómico, se me ha convertido en una terapia personal. Dejo lo que esté haciendo cada tarde y por casi media hora no acepto interrupciones, porque escuchar ese programa me renueva, me hace olvidar tristezas y me traslada a la compañía de mi amado viejito que dulcificó los últimos días de su vida riéndose –y hasta llorando- con su regreso a Cuba viajando en las voces de Leopoldo, Aníbal, Mimí y Adolfo.

Es un fenómeno que jamás podrá repetirse el de La Tremenda Corte, un programa que cincuenta años después mantiene su vigencia y sigue siendo el preferido de miles y miles de oyentes. Hoy día lo disfrutan, no tan solo los de mi generación, que ya vamos quedando pocos, sino los que han llegado al mundo mucho después de que fuera inaugurado el programa en la gloriosa “Cuba de antes”. Sin dármela de viajero por los caminos del mundo -que no lo soy-, quiero decir que he escuchado La Tremenda Corte en Madrid, Puerto Rico, Costa Rica, Panamá. Santo Domingo y en diferentes .ciudades de Colombia, México y Venezuela. Es de notarse que en los libretos de La Tremenda Corte se mencionan calles, pueblos y dicharachos propios de Cuba; pero a pesar de eso, el programa es acogido efusivamente por personas de otras culturas y otras latitudes.

Sin ánimo de hacer comparaciones ofensivas, es justo señalar la pureza de la comicidad de La Tremenda Corte, en la que nunca hubo un chiste de doble sentido, una palabra obscena, una historieta de corte pornográfico ni una expresión que se riñera con la decencia. Y todos nos reímos. En mi casa, cuando mis hijos eran todavía pequeños, los miré gozar con los enredos festivos de Trespatines. Es que La Tremenda Corte es un programa para la familia, en el que se disfruta del ingenio de artistas consagrados, que de manera misteriosa se nos integran como miembros del hogar.

Recuerdo una tarde en que visitábamos a una familia mexicana en la ciudad de Guadalajara. El señor de la casa, cortésmente me anunció una sorpresa, al tiempo en que consultaba su reloj. ¿Saben cuál fue la sorpresa? ¡El programa de la Tremenda Corte radiado por una estación local! El amigo mexicano me confesó que ese era su espacio preferido a hora de la siesta familiar.

Vivir en el exilio ha sido para mí una experiencia paradójica, porque paralelamente al dolor de haber perdido a mi Patria he disfrutado el privilegio de conocer a personas que probablemente jamás hubiera conocido en Cuba. De los que han trabajado en La Tremenda Corte tuve el honor de relacionarme especialmente con Leopoldo Fernández y Aníbal de Mar. A Mimí Cal la visité en cierta ocasión en el hogar de ancianos en el que residía, y con Miguel Angel Herrera el “sufrido” secretario conversé en un fortuito encuentro en una funeraria de Hialeah.

Saber que los héroes de La Tremenda Corte no recibieran un solo centavo de las presentaciones que del programa se han hecho, no tan solo en Miami, sino en decenas de otros lugares en el mundo, ha sido algo que siempre me ha inquietado. Tengo entendido que del mismo hay 254 capítulos que se han multiplicado de forma que probablemente nadie pueda precisar. Por supuesto, ni Leopoldo ni Aníbal pudieron predecir el alcance mundial de La Tremenda Corte. No es que hayan sido víctimas de la codicia de nadie, sino que no anticiparon el futuro. Pero no anduvieron amargados ni frustrados por ese costoso hecho. Claro es que tuvieron que afrontar inesperadas peripecias en el exilio, pero sin deteriorar el sentido del humor, el gracejo natural y el espíritu de confraternidad que siempre les caracterizó.

Para muchos parecerá una frivolidad que yo le dé gracias a Dios públicamente por un programa radial que lleva sobre sus hombros una carga de varios decenios. No sé si es cierta la información que leí en algún sitio de que el primer episodio de La Tremenda Corte se trasmitió en Cuba por la emisora WRHC el 7 de enero del 1942. Lo que no deja de ser cierto es que ese programa es parte de mi vida desde los días de mi juventud, y ya cargo sobre mis espaldas el fardo de 81 años,

Doy gracias a Dios por la fértil y sana imaginación del autor Cástor Vispo.
A Dios doy gracias por la comicidad natural y espontánea de Leopoldo Fernández, el hombre que nos hacía reír, aún en los momentos difíciles de la vida.

Por Aníbal de Mar, Mimí Cal y Adolfo Otero le doy también gracias a Dios por el gracejo con que me han entretenido por muchos años y en muchos lugares.
Un programa radial que diariamente -por años sin contar- ha sido compañía de mi padre y de amados amigos de mi propia edad, hay que agradecerlo. Aunque esa no fuera la intención de los que lo crearon, ciertamente La Tremenda Corte es un regalo de Dios.
Y los regalos se agradecen.

( Manorga@aol.comEsta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla )

1 comentario:

Angélica Mora dijo...

Oía los capitulos todos los dias en Radio Martí y me hacían reir como una boba...

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