sábado, 30 de octubre de 2010

La Danza Cubana.

Por: Bonifacio Byrne.

"La contemplación de una flor, de una gota de rocío, o el eco de una música lejana y acariciadora; bastan para que en nuestro cerebro se alce la imagen de la Patria y para que le dediquemos a cualquier hora y en cualquier momento doloroso un suspiro, una oración sentida y una lágrima inefable".
Cuando nos encontramos distante de la tierra donde se meció nuestra cuna, cualquier hecho simplísimo, cualquier sencilla circunstancia, cualquier imprevisto incidente que nos la recuerda, nos produce intensa emoción y profundísima tristeza. Un nombre, que se pronuncia a nuestra espalda haciéndonos volver la cabeza como impulsados por un resorte; una nube errando en el espacio, llevando en su borde los postreros reflejos del sol moribundo; cualquier fragmento de ese cuadro infinito y portentoso que se llama Naturaleza y es obra de la mano de Dios; la página de un libro; un retrato, expuesto en una galería fotográfica; una sonrisa, apenas entrevista, pero que nos trae a la memoria los rasgos fisonómicos de una persona ilustrada; la vibración sonora de una campana, saludando a las tinieblas; la contemplación de una flor, de una gota de rocío, o el eco de una música lejana y acariciadora; bastan para que en nuestro cerebro se alce la imagen de la Patria y para que le dediquemos a cualquier hora y en cualquier momento doloroso un suspiro, una oración sentida y una lágrima inefable.
No debe, pues, extrañar a nadie, en vista de las razones expuestas, lo que le aconteció al ilustre cubano Pedro Santacilia, cierto día en cierta casa de una distinguida familia cubana, residente en New York.
Era a raíz del grito de Yara, el año 1868. En esa época la colonia cubana en los Estados Unidos no era tan numerosa como lo fue luego, cuando el éxodo criollo llegó a adquirir proporciones verdaderamente colosales.
Santacilia marchaba distraído, recordando acaso los famosos versos de la vibrante y patriótica silva con que hubo de responder a una poesía del poeta dramático Campoamor, en que se aludía a Cuba, cuando he aquí que a los oídos del pobre desterrado llegan los ecos de una danza cubana.
¿De dónde procedía aquella música, en cuyas notas parecía sollozar el alma de Cuba, oprimida bajo la férrea mano de sus insufribles déspotas?
Alzó la vista entonces y al ver el sitio de donde se escapaban aquellas sentidas notas, a él se dirigió sin vacilación alguna, como se dirige el pájaro errabundo al árbol donde encuentra de nuevo el nido que en sus ramas abandonara, huyendo del furor de la tormenta.
Encontró entornada la puerta de la calle; entró sin llamar; subió la escalera que se presentó a su vista, y a los pocos momentos penetraba en un elegante gabinete, donde, sentada ante un piano, veíase una encantadora joven, hija de Cuba, y a su alrededor otras bellas señoritas, compatriotas suyas.
Ninguna se apercibió de la llegada de Santacilia, porque el ruido de los pasos de este era amortiguado por una tupida y gruesa alfombra extendida sobre el pavimento. La danza continuó cada vez más triste, cada vez más dulce, cada vez más sentida. La gentil pianista no solo conocía la difícil técnica del sonoro instrumento que tocaba, sino que complaciéndose en ello, ponía toda su alma de artista en la interpretación de aquella danza criolla, donde se oía el rumor apacible de la brisa entre las pencas de las palmas, la voz armoniosa del sinsonte, cantando en la rama vibrante de un cedro centenario, los ecos del tiple vibrando en las puertas del rústico bohío, el acento cariñoso de los amigos de la escuela junto con las quejas de la patria, los apóstrofes de los guerreros que combatían en la «manigua», los sollozos del hogar paterno y las lamentaciones de los que, besando mentalmente su bandera, eran fusilados, en el recinto de las ciudades o caían víctimas del clima insalubre, en los tenebrosos presidios sostenidos por España en sus inhospitalarias posesiones africanas.
Cuando al cesar la maravillosa danza, aquella genial artista y sus compañeras fijaron sus ojos asombrados en el rostro de Pedro Santacilia, quedáronse silenciosas como si estuvieran contemplando el paso de un entierro. El piano había enmudecido y aún permanecía el infeliz emigrado sumido en religioso éxtasis, como si se hallara arrodillado en las gradas de un altar, lleno de rosas, de cirios encendidos y de «cantíos» celestes...
Ellas no le preguntaron nada, ni le dijeron en aquel momento palabra alguna; pero al ver la faz del compatriota proscrito, nublada por un raudal de lágrimas, no pudieron contenerse, la pianista se echó a llorar, ocultando su bello rostro entre las manos. ¿A qué preguntarle, a qué someterlo a una interrogación enojosa si lo habían comprendido todo?


Tomado de La Danza Cubana.

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