sábado, 2 de octubre de 2010

Jardines de La Tropical


Propiedad de la Cerveza Tropical Co., es un paraíso de bellas flores y plantas exóticas. Este bello lugar es visitado por miles de turistas. Todos los visitantes son obsequiados con cerveza gratis.”
Pub. by Roberts & Co., Havana, Cuba.
Década de 1940-1950.

En la historia de la música bailable cubana no puede obviarse a La Tropical, esa especie de santuario nacional de los bailadores, en el que diferentes generaciones de habitantes de esta musicalísima Isla han contribuido a engrandecer la leyenda.

Dicen que esta historia comenzó allá por 1904 cuando abrieron grandes salones en los jardines de la cervecería Tropical, situada en Puentes grandes, con el fin de aumentar las ventas de lo que con el tiempo se llamaría fría, rubia y también láguer...

Primero fueron las sociedades españolas las que celebraban allí sus fiestas dominicales, en las que los peninsulares –y sus descendientes– evocaban en esos predios el terruño dejado atrás, entre muñeiras, pasodobles, jotas y aurreskus –danzados por vascos- si desdeñar el Danzòn y el Son, ideal para el alma divertir en la tierra de adopción.

En opinión de la colombiana Adriana Orejuela, en su muy documentada investigación sobre La Tropical, publicada en la revista cubana Clave, en los inicios de los jardines “la música cubana constituyó siempre un ingrediente indispensable en tales celebraciones, no obstante, su carácter eminentemente español”.

Pasado algún tiempo, los ritmos norteamericanos, como el Foxtrot, y el Charleston, trataron de apoderarse del gusto del público que allí se reunía –en ocasiones hasta 15 mil personas- pero nunca perdieron su bien ganado sitio, los bailes cubanos en los ya famosos Jardines de la Tropical.

Al inicio de los 40, el público asistente fue cambiando. Negros y mulatos se convertirían en los nuevos bailadores del lugar, que dicho sea de paso, no se caracterizó jamás por el lujo ni la pompa.

La música y el baile serían, desde entonces, la mayor atracción de “los jardines”. Grupos como los de Arsenio Rodríguez y su conjunto, Arcaño y sus Maravillas y Melodías del 40 alcanzaron el favor del público exigente.

A partir de los años 50 llegaría también a La Tropical el Cha-cha-cha, de Enrique Jorrín, además del Benny Moré y su Banda Gigante y la incombustible Orquesta Aragón.

A estas alturas, La Tropical “constituiría una suerte de catedral de la música popular cubana”, al decir de la Orejuela. “Por su escenario había transitado las mejores agrupaciones de épocas diferentes, y el público ganaba a cada instante la fama de contarse entre los más sabios, diestros y exigentes de toda La Habana.



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