domingo, 19 de septiembre de 2010

Guerreras y heroínas en la independencia


Policarpa Salavarrieta en capilla. Óleo de Epifanio Garay y Caicedo.
Cortesía: Casa Museo del 20 de Julio, Bogotá.

Especial/El Nuevo Herald

En la épica de la conquista e independencia de América, las mujeres protagonizaron episodios de resistencia y defensa de la libertad, extrañamente refundidos entre las páginas de la historia.

La cacica taína Anacaona, creadora de los areítos, o danzas recitadas, fue mediadora entre los nativos de La Española y los conquistadores, después de presentarse ante estos últimos en una litera adornada con diamantes y flores. Usó sus romances históricos para gobernar la región de Jaragua y ``someter'' bajo el encanto de la danza y el suave poder femenino, a los duros conquistadores en la isla de La Española, después de que su esposo Caonabo fuera arrestado por Alonso de Ojeda bajo la acusación de haber atacado el Fuerte de la Navidad. Finalmente fue ajusticiada por supuesta sedición.

Algunas mujeres resistieron el acoso de los conquistadores como negación a todo sometimiento. Se cuentan historias como aquella en la que el capitán Alonso López de Avila mandó a ``aperrear'' (hacer comer por los perros) a una mujer que prendió en la guerra de Bacalar y que se negó a ``ser ensuciada'' por otro varón distinto a su marido. O la de Anastacia, una bella princesa esclavizada en Angola. En el Brasil del siglo XVII fue castigada con una mordaza y con un collar de hierro que le causó gangrena; esto por decir que no era esclava y negarse a aceptar los ataques sexuales del hijo de su amo. Hoy es venerada en la cultura popular brasileña como una santa.

Si bien, muchas mujeres permanecen anónimas, la figura de Micaela Bastidas Puyucahua (Tamburco, 1745-Cusco, 1781) es la de una revolucionaria americana reconocida no sólo como la esposa de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, el primer prócer de la independencia del Perú, sino como estratega militar y guerrera. Los historiadores admiten que el gran error de Túpac Amaru fue desoír los consejos de su mujer cuando ésta lo conminó a atacar Cusco. Esta esbelta zamba (descendiente de africanos e incas) lideró uno de los intentos independentistas que hizo tambalear el poderío español. Tras el fracaso de la sublevación en el Virreinato del Perú, los españoles enfurecidos por su liderazgo le cortaron la lengua, le anudaron al cuello una cuerda que tiraron desde lados opuestos y la patearon en el vientre mientras agonizaba en la Plaza de Armas del Cusco. Tenía 36 años de edad.

Policarpa Salavarrieta, ``la Pola'', es la heroína más conocida de la época del terror impuesto en la Nueva Granada (Colombia) durante la reconquista española. Tenía 22 años cuando fue ajusticiada, en 1817. Los escolares aprenden de memoria las palabras que pronunció al rechazar un vaso de agua, instantes antes de su fusilamiento: ``No lo quiero, de las manos de un tirano. Pueblo indolente, cuán distinta sería hoy vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad. Ved, que aunque mujer y joven aún, me sobra valor para sufrir esta muerte y mil muertes más''. Aunque hija de una familia acomodada, sus padres y varios hermanos murieron en una epidemia de viruela, y ella trabajó como costurera. Compartía el espíritu patriota y realizó no sólo actividades como coser para las señoras de los realistas en busca de información sobre los movimientos de las tropas enemigas, sino ser correo voluntaria de los insurrectos en los llanos. Compraba material de guerra y reclutaba jóvenes para el ejército patriota. Dice la historiadora Beatriz Castro que como experta en espionaje, se volvió indispensable para la causa patriota, hasta el momento en que documentos incautados la delataron. Su ejecución, según Castro, ``movió a la población y creó una gran resistencia al régimen del terror impuesto por Juan Sámano''.

En Cuba, antes de la Guerra de los Diez Años, iniciada en 1868 con el levantamiento del prócer Carlos Manuel de Céspedes, se registran episodios de insurrección simbólica protagonizados por mujeres. El mismo De Céspedes tuvo como colaboradora a Carmita Cancio, quien transportaba armas, alimentos y mensajes. En 1849, en la Filarmónica de Matanzas, un grupo de mujeres se negó a participar en un baile como protesta por la presencia de oficiales españoles. Otras, en 1851, realizaron en Puerto Príncipe un gesto más atrevido: se cortaron el cabello --algo que podía hacerlas tomar por prostitutas-- en protesta por el fusilamiento de Joaquín de Agüero y Agüero y otros acusados.

Además de Mariana Grajales, que formó en el ideal de la libertad a los hermanos Maceo, todos consagrados a la lucha patriótica de los mambises y de quien escribió José Martí, ``qué epopeya y misterio hay en esa humilde mujer'', hubo otras que acompañaron en los campos de batalla a sus esposos insurrectos: María Cabrales, Amalia Simoni y Bernarda Toro. La historia cubana conoce a otras mujeres combatientes como la esclava Rosa, La Bayamesa, que alcanzó el grado de capitana; Adela Ascuy, que participó en decenas de combates; Isabel Rubio, que convirtió su casa en un centro conspirador, o Emilia Casanova, que fundó clubes patrióticos apoyando desde el exterior la gesta de la independencia.

Como poetas, costureras, madres y espías, o capitanas y conspiradoras, o todo ello a la vez, las mujeres tuvieron un papel clave en la lucha por la libertad. Pero falta unificar los capítulos dispersos de la historia de las guerreras en el continente.




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