sábado, 8 de enero de 2011

MARÍA ELENA - (ARTÍCULO)

Por: Iliana Curra

La conocí al llegar al correccional de la Prisión de “Manto Negro” ubicado en la Carretera del Guatao en La Habana. Parecía una niña. Era de baja estatura y delgada, casi al punto de la desnutrición. Llevaba varios años encarcelada cumpliendo una condena por un homicidio pasional, según me contó. Su voz, clara y potente, no concordaba con su tamaño, ni complexión física.

No recuerdo el momento exacto en que entablamos amistad. Solo recuerdo que tuvimos afinidades ideológicas que la convirtieron de inmediato en el correo más seguro para intercambiar cartas con las presas políticas del penal.

María Elena siempre estaba riendo, siempre un chiste a la mano para alegrar la vida de quienes estaban a su alrededor. Tenía un carácter alegre que a veces compartía con momentos de disgusto, porque disgustos nunca faltan en un lugar llamado prisión.

También leía la Biblia, pues se había convertido en una persona con mucha fe, que la mantenía viva y con grandes deseos de salir de la prisión. Tenía planes futuros, y estaba realmente arrepentida por la muerte de su novio, el mismo que un día espantoso matara en una discusión donde hubo violencia de ambas partes. No lo pensó dos veces y le disparó con un fusil AK-M que tenía tan cerca de ella como para no poder evitar la tragedia. Fueron sus últimos minutos como guardia de un batallón militar.

Casi al mes de encontrarme encerrada en el correccional ya había elaborado muchas denuncias sobre la situación en la cárcel de “Manto Negro”. Y justamente, el día que correspondía salir de pase a casi todo el correccional, sucedió algo que cambió para siempre mi destino y también el de María Elena.

Era la madrugada del 22 de diciembre de 1994. La noche anterior habíamos recopilado toda la información que saldría a la calle. María Elena sería la responsable de llevarla a la casa de una expresa política que recién había cumplido su condena. Recuerdo que se acercó a la ventana del albergue donde dormía y me llamó. Me dijo que le deseara suerte y se fue, pero necesariamente no sucedió lo que queríamos.

La realidad es que la estaban esperando. Alguna delación pudiera haber sido el fruto de una requisa completa de cuerpo, inesperada y violenta. Sentí sus gritos evitando que le quitaran los papeles. Me tiré de la litera y a una velocidad increíble llegué a la oficina donde dos guardias trataban de arrebatarle los papeles por la fuerza. Cuando intenté entrar, cerraron de un golpe la puerta de la oficina. Sin pensarlo dos veces, comencé a golpear, tanto la puerta, como los cristales de las ventanas. Les gritaba a las guardias que la soltaran y no la golpearan más. A mis gritos salieron las reclusas de sus albergues y también ellas empezaron a golpear la puerta y a gritarles por el abuso que estaban cometiendo.

Un carro jaula de la prisión llegó a la velocidad de un rayo y se parqueó en la misma entrada de la oficina, de él se bajaron varios guardias que empezaron a empujarnos y quitarnos del medio. Las reclusas corrieron a sus albergues y a mí alguien me agarró por el cuello y me entró a la fuerza a la oficina del “Oficial de Guardia”. Un oficial del penal de nombre Oscar me tenía contra la pared y me gritaba, entre otras cosas, “¡Violamos los derechos humanos y qué!”. “¡Denúnciame, que a mí eso no me importa!”.

Vi cómo se llevaban a María Elena en el carro jaula y gritaba con todas sus fuerzas: “¡Ustedes sí violan los derechos humanos!”. Casi cargada la montaron en el carro. Fue la última vez que la vi. A mí me llevaron para una celda de castigo del correccional para luego recibir la visita de un alto oficial de la Seguridad del Estado que me auguró un traslado bien lejos de La Habana. Su promesa fue cumplida luego de permanecer 39 días en una celda de castigo especial ubicada en un destacamento con reclusas infectadas de SIDA. A las dos nos revocaron la causa.

Estando en la celda de castigo de la prisión de “Manto Negro” pude enviarle una notica a María Elena donde le explicaba que estaba allí y que se cuidara mucho. Según supe, estaba en la enfermería del penal negándose a comer. María Elena estaba baja de peso y esa situación tuvo que haber empeorado su salud. En las condiciones en que me encontraba era muy difícil comunicarme, pues ese destacamento se hallaba en lo último del penal, aislado y con guardia permanente. Las reclusas tenían prohibido pasar, ni siquiera, por las afueras del destacamento. La orden era de que allí había castigada una CR, que significa “contrarrevolucionaria”. El calificativo lo decía todo.

Nunca más pude saber de María Elena. Mi traslado a Camagüey eliminó la posibilidad de comunicarnos. En octubre de 1995 fui trasladada provisionalmente desde Kilo-5 en Camagüey a “Manto Negro” porque me llevaron a ver a mi padre que había sido operado de cáncer. Me dejaron tres días en depósito en una celda de un lugar llamado “Guardarropía”, que es donde llevan a las presas que por primera vez llegan al penal. Para tenerme allí sacaron a todo el mundo y la orden fue que nadie podía pasar por la puerta. Un día escuché la voz de María Elena tratando de llegar al lugar, pero de inmediato fue detenida por un guardia que le dijo que tenía que retirarse. No pude verla. Tampoco supe ya jamás de ella.

Hace poco tiempo me encontré con alguien que la conoció. Él trabajaba como empleado civil en el matadero de ocas y me contó la forma en que ayudaba a María Elena a sacar las denuncias del correccional. Fue expulsado de su trabajo por la Seguridad del Estado, a pesar de ser un trabajador civil, y me dijo que María Elena había sido trasladada para una cárcel en Guantánamo.

Su labor como periodista independiente en la isla le hizo conocer, a través de otra persona, que una muchacha llamada María Elena González Rodríguez se había suicidado en una celda de castigo. Había sido encerrada desnuda, pero al amanecer, la encontraron ahorcada con una sábana. Su edad estaría alrededor de los 30 años.

No existe una confirmación real de este caso. Somos varias las personas que la conocimos que queremos tener la verdad. Primero que todo, porque no creemos en el suicidio de esta muchacha valiente en extremo que no consideraba la muerte como un escape a la dura realidad de una cárcel. Segundo, porque su fe religiosa era tan grande como su valor y sabemos que jamás tendría semejante final.

¿Suicidio o asesinato? Solamente Dios lo sabrá. También sus verdugos, los que algún día tendrán que sentarse en el banquillo de los acusados para responder por el crimen.

¿Vive actualmente? ¿Está en una de las tantas cárceles perdidas en la isla? La respuesta quedará en el viento. Son esos mismos vientos los que tendremos que cambiar para que, en Cuba, un día nada lejano, todo sea diferente

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